Han Kang y la conciencia de la memoria literaria

Durante mucho tiempo, «Actos humanos» me ha esperado en la estantería. No por falta de interés, sino porque el doctorado ocupa ahora gran parte de mis fines de semana. Sin embargo, desde que terminé «La vegetariana», supe que volvería a Han Kang. Hay escritores que se leen y otros que permanecen en nosotros durante años, reclamando el momento adecuado. Han Kang pertenece, sin duda, a estos últimos.


Si «La vegetariana» me mostró cómo la violencia puede instalarse silenciosamente en el corazón de una familia y en el cuerpo de una mujer, «Actos humanos» amplía ese dolor hasta convertirlo en la memoria de un pueblo. No es una novela sobre la muerte. Es una novela sobre la dignidad cuando todo parece haber desaparecido. Sobre la obstinación de seguir siendo humano incluso cuando otros han decidido dejar de serlo.


Han Kang no escribe para conmover. Escribe para recordar. Y quizá por eso conmueve tanto. Sus palabras no buscan el dramatismo fácil; avanzan con una delicadeza casi insoportable, como quien acaricia una herida que nunca ha terminado de cerrar, una herida «radiactiva», que te mata lentamente. Cada página obliga al lector a preguntarse qué queda de nosotros después de la violencia, qué significa conservar la conciencia cuando el mundo parece haberla perdido.


Hay una frase que me ha acompañado desde que cerré el libro: «¿Acaso hay algo más temible en el mundo que la conciencia limpia?». Es una pregunta que trasciende la literatura. Habla de quienes justifican el horror convencidos de estar haciendo lo correcto. De quienes son capaces de dormir tranquilos mientras otros pierden la vida, el hogar o el futuro.


Leer «Actos humanos» en este momento histórico resulta inevitablemente doloroso. Es imposible no pensar en las imágenes que llegan cada día desde Ucrania y Gaza. Son conflictos diferentes, con contextos y responsabilidades distintas, pero ambos nos enfrentan al mismo fracaso de la humanidad: civiles atrapados en la violencia, familias rotas, niños que jamás deberían conocer el sonido de una explosión antes que el de una canción. La novela no ofrece respuestas políticas ni pretende hacerlo. Nos recuerda, sencillamente, que detrás de cualquier guerra siempre hay personas concretas cuya dignidad merece ser reconocida y protegida.


Quizá esa sea la mayor grandeza de Han Kang: devolver un nombre, una voz y un rostro a quienes la Historia reduce demasiadas veces a una cifra. Recordarnos que la memoria también es una forma de justicia y que el silencio puede convertirse en una segunda muerte.


He tardado en llegar a «Actos humanos», pero ahora entiendo que algunos libros no esperan porque sí. Esperan porque necesitan encontrarnos en el instante preciso. Han Kang vuelve a demostrar que la literatura no siempre sirve para consolarnos. A veces sirve para incomodarnos, para mantener despierta la conciencia y para recordarnos que la dignidad humana sigue siendo el único lugar desde el que merece la pena mirar el mundo.

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