
«Se detiene en un banco de madera delante de un estanque artificial que refleja las brillantes luces de un edificio cercano. Como ella, las luces son un mero reflejo atrapado en una superficie a la que no pertenecen. Esas luces están iluminando hogares donde las personas han construido sus vidas, pero lo que reflejan, es un mero espejismo de luz ondulante que desaparecerá con el alba»
La Carta Coreana; La emoción invisible
Lo que has leído arriba es un párrafo de mi primera novela, publicada en la Navidad del 2020 y que finaliza precisamente en una fiesta de Navidad, con una escena a la altura de lo que los lectores de novelas románticas y los seguidores de K-dramas ansiamos, porque la novela es un tributo a las historias de amor (y de desamor) que nos emocionan, especialmente en estas fechas.
Hay varios elementos en las series coreanas que subliman las escenas de amor, a diferencia de las producciones de otros países, y que todos los aficionados a este género identifican fácilmente; la lentitud de las escenas románticas, la cuidada coreografía de los besos, con su candidez y pasión dosificadas milimétricamente, el acompañamiento musical creado para dichas escenas, con bandas sonoras que se vuelven míticas y yo diría que hay un elemento adicional, que va más allá del uso de la fotografía y son las LUCES COREANAS.
Cuando escribí mi primera novela intenté recrear todos estos elementos para darle a la narración esa ambientación de las series y que la historia se desarrollase como si la protagonista, ajena al universo de los «k-dramas», se fuese adentrando poco a poco en dicho mundo de ficción hasta sentirlo real.
Recrear la música en una novela es complicado; en «La Carta Coreana» se escuchan las melodías de soft-kpop de Oohyo, una artista con una dulzura y personalidad que le iban muy bien a la historia.
En cuanto a las luces, si hace tres años me parecía que en las series coreanas las luces solían aparecer reflejadas o difuminadas para crear escenas oníricas y románticas, con el paso del tiempo he ido observando que se trata de algo más: ¡A los coreanos les chifla poner luces en todas partes!
Y cuando digo a los coreanos, me refiero a los personajes de ficción que vemos en sus series, porque no sabría decir si esto es una costumbre real o un recurso que ayuda a los guionistas y en especial, al director de fotografía. Si fuera una costumbre, sería para mí un choque cultural de primer orden. Porque, vamos a ver; ¿quién va de acampada y carga con las tiendas, los sacos, las sillas, el camping-gas, el avituallamiento y además, con una hilera de bombillas para crear un ambiente romántico en el bosque o en la playa?
En mi afán por contrastar si las series habían creado cierta «tendencia decorativa global» a modo de «hallyu de bombillas» y más que eso, un nuevo hábito saludable entre las parejas, lo de irse de camping y montar un «picnic con luces al anochecer» aproveché una visita a unos grandes almacenes especializados en actividades al aire libre para investigar un poco. En concreto, me acerqué a una multinacional francesa, con tiendas en muchos países, incluidos España. Busqué por todas las secciones y no, no había luces para crear ambiente romántico durante una acampada. Pregunté por este tipo de luces, pero los dependientes, estresados por reponer el desorden causado por los compradores en los días previos a la Nochebuena, no atinaban a atenderme. Me enseñaron luces led, luces a pilas, luces solares. También luces con diseños vintage, salidas de «Memorias de África» y otras más futuristas y espantosas. Me mostraron luces auto-recargables para bicicletas, linternas, luces estroboscópicas (que siempre hay tiempo para aprender palabras nuevas…), micro y macro lámparas. Algunas luces se colgaban del cuello, otras de la cabeza y a la desesperada, me mostraron trípodes y accesorios para colocarlos de cualquier lugar que se me pudiera ocurrir.
Yo seguía negando. En mi fuero interno, yo quería «luces coreanas».
– Eso no existe, lo que usted busca son «luces de Navidad» o «luces de Jardín», pero ya le advierto que si no piensa conectarlas a la corriente, no le van a dar mucha luz. Las podría conectar a una batería, que de eso tenemos un amplio surtido en otra sección; pero entonces ya le advierto que lo que van a atraer serán muchos mosquitos y otros bichos indeseables…
¿Pero qué les ocurre a algunas personas? ¿Es que no se dan cuenta de que un exceso de tecnicismos arruinan una ilusión? ¿Es que no queda una pizca de romanticismo en este mundo?
Aquella noche regresé disgustada a casa. No es que tuviera en mente ir de acampada a ninguna parte, pero la sola idea de que los jóvenes no puedan entretenerse en tender unas luces entre dos árboles con la única intención de crear un espacio para la ensoñación y el romance, me parecía, ¿cómo decirlo?, ¿realista?
Al abrir la puerta de mi casa, sin embargo, en lugar de la habitual oscuridad, un mágico universo de diminutas estrellas titilando destellos de plata se reflejaba en los espejos, en las bolas de navidad de cristal forjado a mano que compré en un mercadillo artesano en Brujas para colgar de una lámpara con pequeños cristales y ese reflejo se amplificaba, aún más, a través de los grandes ventanales que separan el salón de la terraza. El ambiente era totalmente cautivador y me dejó sin palabras.
Finalmente, tras llevar hablando semanas sobre lo bonitas que resultan las «lucecitas coreanas», mi marido había decidido sorprenderme comprando varias guirnaldas de luces blancas con un precioso cambio de ritmos e intensidades, y había decorado una vieja rama de tejo podada a la que le dimos la oportunidad de renacer en un rincón.
Así que las «luces coreanas» existen, porque el amor existe y sus ramas crecen para dar brillo a los pequeños gestos de cariño que iluminan nuestras vidas.
