La figurita enamorada (relato corto)

– ¡No toques nada y vigila tus movimientos. Aquí hay cosas muy frágiles! – le advierte la madre al entrar en el centro comercial.

– ¿Por qué no nos vamos ya a casa mamá?  – protesta la niña, entre bostezos,  deseando quitarse la rasposa falda del uniforme y anhelando refugiarse en su rutina de batido de chocolate ante los dibujos animados de la televisión

–  No tardo nada cariño,  es el último día de las “Ofertas de Asia” y quiero comprar unas cosillas para la casa aprovechando los descuentos.

La pequeña no tiene más de siete u ocho años. Mira absorta el colorido mundo de artículos con letras incomprensibles, como los garabatos de su hermano pequeño, que intenta escribir su nombre aunque aún no va al colegio,  hasta que algo llama su atención y durante unos minutos,  su diminuta naricilla se queda pegada a una vitrina.  La niña abre mucho sus ojos avellana mientras se inclina hacia un lado a otro, cuidando de sujetar la pesada mochila escolar sobre su espalda.

Mientras su madre revuelve entre las mantelerías y algunos extraños artilugios electrónicos, la pequeña está ensimismada contemplando una figura de porcelana la cual parece vivir en un mundo de ensueño,  ajena al bullicio reinante y aislada del resto de objetos expuestos.

La figurita apenas levanta unos diez centímetros,  aparenta  ir vestida con una especie de bata amarilla de mangas anchas que se ciñe a su cintura con una amplia banda azul celeste.  Lo que más llama la atención de la pequeña es el cabello tan negro y espeso,  recogido en un moño triple,  con coquitos a ambos lados y sobre la cabeza.  En medio de la frente,  la raíz de nacimiento del cabello dibuja una línea curva,  de forma que la carita de la figura, tan pálida y redondeada,  parece ser un corazón sobre el que triunfa ese peinado tan imponente.  Es una «niña-mujer», como su hermana mayor, que ya presume de tener novio aunque aún no ha finalizado el instituto.  La figurita, en cambio, tiene un rostro muy sereno,  que contrasta con el continuo nerviosismo de su hermana cuando la despierta y su agotamiento cuando le da las buenas noches.

– ¿Te gusta? –  Le pregunta un  dependiente acercándose lentamente y agachándose hasta llegar a la altura de la pequeña para no sobresaltarla.

El hombre tiene los mismos ojos rasgados de la mujer de porcelana y sonríe con sinceridad.

La niña es tímida y no se atreve a hablar con extraños, así que señala primero su cuello y luego el de la figurita,  donde una imperceptible grieta muestra el lugar por donde  la cabecita de porcelana ha sido pegada al cuerpo con precisión milimétrica.

–  No te preocupes,  no le duele – comenta con dulzura el dependiente – Aunque me temo que no podemos venderla con ese desperfecto.  Ahora venía a embalarla para devolverla al lugar de donde proviene.  Tiene un largo viaje de vuelta por delante…

– ¡Pero si es muy bonita, apenas se nota que se ha hecho daño!  – Se gira hacia su madre que ya está a su lado contemplando la escena y pregunta; – ¿Puedo comprarla con mi propina?

La madre retiene su emoción mordiéndose los labios.  Su hija parece tener una extraña debilidad por los seres rotos.   Ya tienen en casa un pajarito manco,  un perrito medio ciego y un gato desmemoriado,  pero hasta ahora no le había pedido una figura rota.

– ¿Pero es que no ves que está decapitada? ¡No tiene ningún valor hija!   

– ¡Sí tiene valor! –  grita la pequeña – lo que pasa es que no le pueden poner precio ¿verdad señor?

El dependiente guiña un ojo a la pequeña mientras coge la figurita cuidadosamente,  la envuelve en papel de burbujas y se la entrega;

–  Eso es pequeña.  Es muy valiosa pero sólo tú lo has comprendido. Ahora es tuya. Cuídala bien y recuerda una cosa;  debes elegir un lugar para ella donde sea felíz.

Durante los días siguientes, la pequeña nada más regresar del colegio,  sin siquiera quitarse el uniforme, sin merendar y sin ver sus dibujos favoritos,  se afana con frenesí por encontrar el lugar perfecto.  La coloca en tantos lugares posibles que pronto la figurita se hace omnipresente: Un día lo pasa  encima de la televisión, otro en el escritorio junto al ordenador,  al siguiente aparece escondida entre la colección de novelas románticas de Rosamund Pilcher de su madre y la enciclopedia de Historia del Arte de su padre y en días como hoy, intenta sobrevivir a un difícil equilibrio estético entre un payaso de “Lladró” y unos bailarines de “Swarowsky”

– ¿Por qué no la dejas quieta de una vez? ¡Terminará por romperse del todo! – exclama su madre

– ¡Pues porque no sonríe mamá!   Aquí no pega con nada.  Necesita estar con algo que le recuerde a su hogar

– ¡Ya estás con la tontería de emparejar  objetos!

La niña tiene la curiosa teoría de que los objetos se susurran palabras que sólo ellos pueden escuchar y que por eso, tienen que estar cerca de otros que los escuchen y los comprendan.  Incluso,  aunque no sean muy afines ni en colores ni formas, la niña los coloca uno al lado de otro,  en contacto,  para que puedan sentirse e incluso imagina que pueden besarse.

La madre cejó en el empeño  de separar a un impresionante “Don Quijote” , regalo de bodas de los abuelos,  de una “Bailarina” de Degas,  cuyo brazo estirado en una posición imposible,  conseguía así alcanzar el rostro del hidalgo español en una tierna caricia.

Sin embargo, pese a los esfuerzos de la pequeña,  parece que la figurita de la “Semana de Asia” no ha encontrado aún a su príncipe azul entre los numerosos objetos desperdigados por la casa familiar  y esto está empezando a desazonar a la niña,  que no atiende a razones y ha dejado de merendar y de ver sus programas favoritos para ocuparse de la pequeña mujercita de porcelana.

– ¡Esto tiene que terminar, ponte el abrigo que vamos de compras! – sentencia la madre

En el centro comercial la feria de artículos asiáticos ha terminado,  pero la madre insiste al jefe de ventas para que le deje hablar con el dependiente que la atendió la anterior vez y que les regaló la figurita de la mujer en kimono.

– ¡Se equivoca señora! –  aquí no tenemos ni hemos tenido contratado a ningún dependiente asiático.  De hecho, en esta sección sólo trabajan tres dependientas,  mujeres para más señas.   Pero… ahora que lo dice…¡Espere un momento!  – Se introduce en el almacén y sale raudo  cargado con una cajita de cartón que entrega a la madre –  ¡ Este jarrón chino lo rompió uno de los invitados de la delegación de la Cámara de Comercio China que vino a la inauguración de la Feria –   Acabo de recordarlo,   porque aunque no quisimos cobrarle nada,  que para eso tenemos un seguro de responsabilidad y realmente no valía mucho,  insistió en pagar el jarrón pidiéndome que no tirase sus fragmentos hasta que alguien que conociese su verdadero valor viniera preguntando por él.   Pensé que se refería al objeto,  a los del seguro.. no sé, con el jaleo de estos días me había olvidado por completo; 

–  Toda suya, ¡ total, iba a tener que tirarla más pronto que tarde! – y le extiende la caja

La niña tiene una mirada orgullosa y los dedos pegajosos  tras pasar  horas recomponiendo, con la ayuda de su madre , el jarrón chino hecho añicos hasta que ha recuperado  lo que debió ser su apariencia original.  El jarrón es más bien una vasija de dos piezas,  de una tonalidad amarilla pálida, con un ideograma chino complejo  en el centro.  Quizás pudo haber servido para contener algún elixir o ungüento,  aunque su tapa está irremediablemente dañada.

Nerviosa, esa misma tarde,  la niña acerca la figurita de la joven muchacha al pequeño jarrón chino y derrama en su interior, sin saber por qué, unas gotas de la colonia de lavanda que su madre tiene en su baño

Al día siguiente,  cuando la niña regresa del colegio,  la madre observa como su hija vuelve a su rutina;   merienda su cola-cao y ve sus dibujos animados.  La figurita y el jarrón chino siguen en su sitio,  donde quedaron colocados el día anterior y aparentemente la niña no los ha vuelto a mover.   Respira aliviada… 

Lo que la madre no alcanza a percibir es que ni la figurita ni el jarrón tienen ya ningún indicio de que alguna vez sufrieron un daño.  No hay grietas ni marcas del pegamento.  Están como nuevas. Si se acercase a observarlos,  incluso podría comprobar que al rojo de los labios de la figurita se asoma una leve sonrisa que la hace aún más delicada y bella.  Lo que sí que percibe vívidamente y  no sabe explicarse,  es el embriagador olor a flores de lavanda que ha invadido cada rincón de la casa procurando una relajante sensación de amor y serenidad nada más atravesar el umbral de su hogar.

Años después,  la pequeña,  convertida en una joven universitaria apasionada por la literatura asiática,   conocerá la leyenda de dos amantes que tuvieron una trágica historia de amor.  Ella era una cortesana y él era un príncipe destinado a casarse en un matrimonio concertado por sus padres.   Estaban tan enamorados que no podían resistir la idea de que nada ni nadie los separase,  así que se prometieron amor eterno.  El día de la esperada boda en palacio,  ellos se encontraron clandestinamente y huyeron a la cima de una montaña escarpada y peligrosa. Se abrazaron y ataron sus cuerpos con una sábana de lino de un pálido color amarillo que desprendía un intenso olor a la lavanda.   De esta forma,  al borde de un precipicio, se dieron su primer,  único y último beso.  El, apuró cada segundo que su boca rozó la de ella,  y ella, se fundió en ese contacto ardiente y desesperado hasta que sus labios enrojecieron con la pasión de la muerte y el deseo.   Así los encontraron.  Al fondo del desfiladero,  abrazados.  Ella tenía el cuello roto aunque  todo su cuerpo, ataviado con un sencillo kimono amarillo con banda azul, permanecía intacto.  El, en cambio,  tenía todos los huesos destrozados,  porque  debió de girarse para protegerla con su cuerpo del terrible impacto contra el suelo. 

El, aún la abrazaba.  

Ella, aún sonreía

y sobre el lugar donde ambos cayeron cuenta la leyenda que brotó un campo de lavandas silvestres.

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